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martes, 21 de septiembre de 2010

AMBIENTACIÓN

(Revisar también este artículo antes de la siguiente sesión)
Luego, leer el cuento "La máscara de la muerte roja" de Edgar Allan Poe

Por Rust Hill

El ambiente a menudo es definido como «el lugar o locación de la ficción». Pero el concepto tiene que ver también con la ubicación en el tiempo (en el día y en la época histórica), así como con el clima en los exteriores y la temperatura en la habitación donde sucede todo. Todos estos factores están incluidos por lo común en el ambiente. Puede que parezca de poca importancia; de hecho, en relatos en los que el ambiente no cuenta, tiene pocas consecuencias. Pero en los cuentos de más éxito, donde todo está relacionado, es muy útil analizar qué efectos tiene la elección del ambiente.

Con un escritor como Hemingway, por ejemplo, quien parece escoger el ambiente para sus historias -España, África, el interior de Michigan, etc.- es fácil ponerse a pensar en la razón por la que ha ambientado la historia allí. Dejando de lado las consideraciones biográficas, se nota que fue una elección perfecta, y que contribuye al éxito pleno del cuento.

Como en el caso de los demás aspectos de un buen relato, la ambientación puede surgir con la inspiración original o puede ser el resultado de elecciones deliberadas y conscientes en el curso de la creación. Si es elegida, entonces la primera decisión sobre el ambiente para todo escritor-en especial para el que escribe cuentos, donde la economía siempre es bien vista- es la elección del lugar; porque uno puede usar rasgos de una locación que ya existe en la realidad o en el pensamiento del lector, y de lo que se trata es de no emplear esas connotaciones sino otras.

Esto se nota más si ha tenido usted ocasión de leer cierto número de cuentos de diferentes autores sobre el mismo lugar -por ejemplo, en una antología de cuentos sobre la ciudad de Nueva York Virtualmente todo escritor norteamericano ha escrito una relato newyorkino: Melville, Stephen Oane, Henry James, Fitzgetald, Edith Wharton, Tom Wolfe y Bernard Malamud, John Cheever, James Baldwin y muchos otros. Y es fascinante ver cómo este solo elemento, el ambiente, funciona de modo brillante en cada uno de esos buenos relatos.

Se puede hacer lo mismo con un grupo de relatos sobre el «mar», o «París» o «la vida campestre» o «el sur» o «los barrios» o lo que sea. He puesto estos espacios entre comillas, porque son sus connotaciones simbólicas tanto como su realidad los que cuentan en la ficción.

En el caso de la ciudad de Nueva York, por ejemplo, se trata de un lugar sobre el que se pueden hacer ciertas generalizaciones -aunque sean clichés inadecuados o incluso contradictorios, no importa- y esto hace útil y efectiva a la ciudad como escenario para una variedad aparentemente ilimitada de situaciones y temas. En términos de intriga y de caracterización, hay una gran movilidad social en esa ciudad que la convierte en el escenario apropiado para el rápido ascenso o la caída de cualquier personaje. Como esa ciudad tiene mucha gente de todas las clases en gran cercanía, es lugar perfecto para un encuentro imprevisto -como entre una actriz y un vago, entre un playboy y su secretaria-, con las consiguientes posibilidades para describir la injusticia de las diferencias sociales y de los extremos de la pobreza y la salud. Nueva York está entre Estados Unidos y Europa, y de allí que sea un excelente escenario para un conflicto entre ambos. Hay, de hecho, tanto ir y venir de todo tipo de gente en Nueva York, que un autor puede imaginar virtualmente cualquier intriga o crear cualquier personaje en ella.

LOGRAR UN EFECTO

Muchos de los temas tradicionales de la ficción —la corrupción del poder y la ambición, la naturaleza de la responsabilidad de ayudar a otros, la tragedia de la soledad, las paradojas y ambigüedades del compromiso— parecen congénitos de las ciudades —de su multitud solitaria, su veneración por lo nuevo, su inmoralidad abusiva, su materialidad, su sentido de la diplomacia hipócrita. La ciudad se puede usar como un símbolo de las oportunidades, de la libertad y del éxito, y también del lado vacuo de esos mismos rasgos. Si bien estas connotaciones de Nueva York han sido muy útiles para muchos escritores, sería, no obstante, absurdo colocar allí un relato en lugar de un ambiente mejor conocido por el autor, que funcionaría mejor para su cuento.

Conrad usó el mar, Faulkner utilizó el sur, Cheever los suburbios, y al hacerla, esos autores lograron, de un cuento a otro, de una novela a otra, crear un mundo con connotaciones no solo para el lugar real, sino para su propia percepción y creación literaria. El ambiente puede funcionar de este modo: puede ser un valioso refuerzo para el «mundo» descrito. El «Wessex» de Hardy adquiere connotaciones, de un libro a otro, que el Dorset o el West Country reales nunca sugirieron por sí solos; y lo mismo pasa, por supuesto, con el «Shady Hill» de Cheever o el «Yoknapatawpha» de Faulkner. El escritor novato, aun si experimenta, no debería esperar ninguna ayuda de lo que se llama disparatadamente «regionalismo». Lo que debería preocuparle es el modo en que la ambientación de cada cuento suyo lo hace crecer, o puede hacerla crecer.

Esto se logra bien sea con la descripción del lugar real o con la imaginación. La «descripción» se ha hecho de mala reputación gracias a los malos escritores. Cuando leemos a Walter Scott se puede uno saltar las descripciones. Acaba de poner en prisión a su heroína, y luego describe el castillo en dos páginas, cómo, cuándo y porqué fue construido, y lo que ve, piedra por piedra. Era la época de la descripción por la descripción misma, o por su «verosimilitud» o por su «veracidad histórica» o por algo así. No era parte integral de la estructura ni cumplía función alguna en la narración, y está bien saltársela. Lo cual no se puede hacer en un relato de Hardy o de cualquier buen escritor en el que la descripción contribuye simbólica o emocionalmente a la estructura de la obra, realzándola de maneras que se pueden notar.

Los pasajes descriptivos puros rara vez aparecen en la ficción contemporánea, o por lo menos, los muy largos. Pero sea lo que sea que la descripción aporte, puede ser analizado, se puede demostrar que está «recargada», o que es «sesgada», o «teñida» como para producir un efecto.

El lenguaje puede ser reforzado (con adjetivos o adverbios que sean dolorosos, o cariñosos, o lo que sea); se puede seleccionar detalles del lugar descrito, o eliminarlos, según el tipo de efecto deseado; o el personaje que lleva el punto de vista puede mirar los ambientes coloreándolos sutilmente con tonos psicológicos. Hay estas Y muchas otras maneras en que el autor puede manejar la ambientación para crear los efectos que busca.

De hecho, es un ejercicio didáctico para el escritor joven ponerse a describir el mismo escenario -una habitación, un jardín o una calle- de dos modos, primero como algo olvidable, digamos, y luego como un lugar atractivo; pero sin cambiar mucho los detalles reales.

Este es, por supuesto, un simple ejercicio. Lo que importa es hallar la ambientación exacta para un cuento específico, una que se entrelace con los otros aspectos de la estructura del cuento. Un pasaje descriptivo debe destacar la acción, sea de modo simbólico o de cualquier otra forma; la percepción del ambiente debe ayudar a describir al personaje, sea al que lleva el punto de vista o a los demás.

Henry James, hablando de la artificialidad de separar los elementos de la ficción, decía que no «concibe un trozo de descripción que no tenga intención narrativa, ni un trozo de diálogo que no tenga intención descriptiva.»

Así pues, la ambientación debe contribuir con los demás aspectos particulares del relato, tanto como con la totalidad.

Fuente: Técnicas del cuento. Volumen II. Willard Díaz (comp.). Arequipa: Apóstrofe, 2006, pp. 103-107.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Tipos de comienzo

Leer este artículo para luego elaborar un tipo de comienzo.

COMIENZOS

Willard Díaz

¿Podría alguien abandonar una historia que comienza diciendo Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto? Como lectores, gozamos del dudoso privilegio de gastar nuestro tiempo en lo que nos venga en gana, de modo que avanzar en la lectura de cualquier texto depende a menudo de cuán interesante o importante nos parezca al comienzo. Por eso, el primer reto del escritor consiste en vencer nuestra inercia y atraparnos, interesarnos desde las primeras líneas, desde las primeras palabras. Si lo logra, nos da un anticipo de su talento. Fíjese en el efecto de estas frases iniciales:

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.

Lascivia, sin duda. Pero hay algo fascinante en ella, y Vladimir Navokov nos la promete sin decoro al inicio de su célebre novela. Como escritores, a menudo una apertura magistral como las señaladas no nos llegará por sí sola; al contrario, suele demandar trabajo suplementario perfeccionar el párrafo inicial. A menos que uno sea tan dotado como Balzac o Hemingway deberá concentrar su atención en la elaboración del incip más apropiado para el texto.

Hay autores que son capaces de escribir un relato de un tirón, como si les fuera dictado por alguna voz metafísica. Toda la estructura se les presenta acabada, de comienzo a fin, y apenas tienen que editar uno que otro detalle para entregar su texto a la imprenta. Hay otros que dependen del trabajo sistemático y deben planificar cuidadosamente su estrategia, concebir toda la historia o sus partes esenciales, imaginar a los personajes y los episodios básicos, y buscar los recursos técnicos que los lleven a la expresión más convincente de sus propósitos narrativos. Son estos últimos quienes apreciarán mejor las cualidades de un buen primer paso firme y seguro dentro del territorio imaginario de una novela. John Irving el autor de uno de los clásicos del siglo veinte, El mundo según Garp, recomienda: "Conocer la historia -todo lo que sea posible, si no es la historia íntegra- antes de acometer el primer párrafo", caso contrario, añade, es usted como el mentiroso mediocre que va inventando su mentira a medida que la dice.

Como es sabido, por lo menos a nivel de la historia todo relato debe guardar algunas pautas de coherencia que le permitan tener sentido para algunos lectores. La unidad entre el comienzo, el medio y el final, las relaciones lógicas y cronológicas de los acontecimientos que llevan al protagonista a su destino final deben respetar las normas mínimas de la verosimilitud, ser creíbles para el lector. Y esta lógica no depende tanto del razonamiento matemático cuanto de sentido común del lector y de los presupuestos que el mismo texto va sembrando a medida que avanza. De allí la importancia de la apertura: como en el ajedrez y en el amor, los primeros movimientos determinarán muchas de las posibilidades del desarrollo.

No hay -felizmente- hasta hoy una tipificación estricta de las clases de relatos posibles, si bien ciertas formas tienden a reaparecer. De acuerdo con estas regularidades se podría esbozar los comienzos adecuados para los temas y las intrigas mejor conocidos y más efectivos. A continuación proponemos y ejemplificamos solo algunos casos.

COMIENZO CON PERSONAJE

Si el relato se centra en el carácter de un personaje infrecuente, de rasgos notables en un sentido u otro, lo mejor será enfocar la atención del lector sobre el protagonista desde el primer momento. Cabe que se ofrezca una descripción sucinta pero nítida del personaje, como en el comienzo de Scaramouche de Sabatini: “Nació con el don de la risa y la convicción de que el mundo estaba loco.”

O como la presentación de los pequeños protagonistas de la sobrecogedora tragedia en La gallina degollada de Horacio Quiroga:

Todo el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini- Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con toda la boca abierta.

Pero si la historia está contada en primera persona será el propio narrador-personaje quien se presente ante el lector para concentrar el foco de la atención sobre sí mismo. Es el caso de El túnel de Sábato: “Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne.”

En el magistral comienzo de El corazón delator, de Edgar Allan Poe, al mismo tiempo que el protagonista se describe, prefigura el tema del cuento:

Es cierto, soy muy nervioso. Terriblemente nervioso. Lo he sido siempre. Pero, ¿por qué decís que estoy loco? La enfermedad ha agudizado mis sentidos, pero no los ha destruido ni embotado. De todos ellos, el más agudo era el del oído. Yo he escuchado todas las cosas del cielo y de la tierra y muchas del infierno. ¿Cómo, entonces, he de estar loco? Atención. Observad con qué salud, con qué calma puedo relataras toda esta historia.

Por cierto, no hay personaje si no hay acción, de modo que incluso en las líneas descriptivas más estáticas se incluyen los inicios de un drama, como en el verbo mató del incip de Sábato. No obstante, hay escritores que se recrean en los retratos de sus protagonistas con el propósito de hacerlos familiares y de algún modo simpáticos, como el Papá Goriot de Balzac.

COMIENZO CON ACCIÓN

Un relato de aventuras, de terror o policial nos presentará desde el primer momento un ritmo ágil, situaciones, e incluso recuerdos o sensaciones, dinámicos, rápidos, contundentes. La primera frase suele representar una acción física. Así comienza El velo pintado de Somerset Maugham:

Ella dio un grito sobrecogedor. -¿Qué sucede? -preguntó él. A pesar de la obscuridad del cuarto cerrado vio en el rostro de la mujer la perplejidad del terror. -Alguien intentó abrir la puerta.

Una excelente novela policial titulada ¿Acaso no matan a los caballos?, de Horace McCoy, empieza así:

Que el acusado se ponga en pie. Me puse en pie. Por un instante vi nuevamente a Gloria sentada en aquel viejo banco del muelle. El proyectil le había penetrado por un lado de la cabeza; ni siquiera manaba sangre de la herida. Otra pieza maestra de la literatura universal surgida del género policial empieza con un presagioso movimiento.

Veamos el comienzo de La llave de cristal de Dashiell Hammett:

Los dados verdes rodaron sobre la mesa verde, chocaron juntos contra el borde y rebotaron hacia atrás. Uno se detuvo en seguida mostrando dos filas parejas de seis puntos blancos en la cara superior. Los otros dos fueron a detenerse en el centro de la mesa, y cada uno mostró un solo punto blanco.

Como es notorio, este tipo de inicios puede ser útil en historias donde el conflicto entre los personajes es fuerte; las oposiciones, marcada. O bien en historias de tipo épico, en las que un héroe enfrenta una serie de peripecias y las va venciendo. Piense en los inicios de las películas de la amena saga de Indiana Jones, por ejemplo.

COMIENZO CON AMBIENTACIÓN

Aquellos relatos que aspiran a ofrecemos cuadros simbólicos de la condición humana suelen comenzar con una descripción del ambiente que refleja en sus colores metafóricos los matices del tema. Una de las ambientaciones más notables como entrada es la de El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez: “Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados. El doctor Juvenal Urbino lo percibió desde que entró en la casa todavía en penumbras...” Hemingway, un maestro del oficio, comienza de esta manera Colinas como elefantes blancos, uno de sus cuentos técnicamente más sugerentes y temáticamente más ríspidos.

Al otro lado del valle del Ebro las colinas son alargadas y blancas. En la parte de acá no había sombras ni árboles y la estación quedaba al sol entre dos líneas de rieles. Inmediatamente junto a ella estaba la sombra calurosa del edificio y una cortina hecha con tiras de pequeños trozos de bambú, ensartados, colgaba en la puerta abierta del bar para ahuyentar las moscas. El americano y la muchacha que le acompañaba ocupaban una mesa a la sombra...

Contra lo que pudiera suponerse, desde los tiempos del Realismo las descripciones, tanto de los personajes como de los escenarios, siguen las reglas de la interpretación, toman los colores, de las emociones, se cargan de luces y sombras según lo requiera el panorama interior. Como ejemplo final veamos una combinación de ambiente y movimiento que enriquece de sugerencias el mejor cuento escrito por Rocío Silva- Santisteban, El limpiador: “Una sombra mortecina se expandió desde el último piso del edificio.”

COMIENZO CON DIÁLOGO

En ciertas ocasiones el narrador nos abre el telón de una escena. Nos coloca directamente frente a los personajes en interacción, como en una sala de teatro. Se trata de historias que muestran en especial los embrollos que pueden formarse en las relaciones humanas, Es el caso de un cuento muy efectivo de Mario Benedetti, titulado Gracias, vientre leal:

''.. A nadie", había dicho el Colorado " "a nadie ni siquiera a tu mujer, ¿Estamos?", y él había contestado: "Estamos".

El relato trata de la opción entre la mujer amada y las obligaciones del partido que ya en las líneas del diálogo inicial vemos trazada. Nos introducimos inmediatamente en la historia al escuchar las voces que dialogan, y deseamos conocer el desenlace. He aquí otro ejemplo, el comienzo de esa joya de ficción que es Diles que no me maten, cuento de Juan Rulfo:

-Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad así diles. Diles que lo hagan por caridad.

-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.

La angustia de estas primeras frases tiñe el texto aunque, como se sabe, las súplicas del protagonista no tendrán efecto finalmente. Un último ejemplo ilustrará mejor el inicio con diálogos; se tata de Contrapunto, la célebre novela de Aldous Huxley:

-¿No volverás tarde? Había una gran ansiedad en la voz de Marjorie Carling; había algo semejante a una súplica.

-No; no volveré tarde -dijo Walter, con la culpable y desdichada certeza de que lo haría.

COMIENZO CON UNA SITUACIÓN DRAMÁTICA

Como el anterior, el comienzo que presenta directamente una situación dramática nos ubica de inmediato en el asunto del relato. Si bien en este caso el conflicto es resumido en la voz del narrador, no obstante, es igual de atractivo para el lector que se así implica en los hechos planteados, pues abordamos la obra por uno de los puntos más tensos de la curva dramática. Leamos el brillante comienzo de uno de los mejores cuentos de Gabriel García Márquez, El rastro de tu sangre en la nieve:

Al anochecer, cuando llegaron a la frontera, Nena Daconte se dio cuenta de que el dedo con el anillo de bodas le seguía sangrando.

Otro buen ejemplo es el inicio de Emma Zunz notable cuento de Jorge Luis Borges:

El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewental, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en Brasil, por la que supo que su padre habla muerto.

Finalmente veamos el caso de otro magistral cuentista latinoamericano, Julio Cortázar, que en su célebre relato El perseguidor esboza desde las primeras líneas el conflicto, introduce a los caracteres y nos da un sentido de la ambientación de la historia:

Dédée me ha llamado por la tarde diciéndome que Johnny no está bien, y he ido en seguida al hotel. Desde hace unos días Johnn y Dédée viven en un hotel de la rue Lagrange, en una pieza del cuarto piso. Me ha bastado ver la puerta de la pieza para darme cuenta de que Johnny está en la peor de las miserias; la ventana da a un patio casi negro, y a la una de la tarde hay que tener la luz encendida si se quiere leer el diario o verse la cara.

COMIENZO CON UNA REFLEXIÓN

Es posible comenzar el relato con una meditación de carácter general a cargo de la voz del narrador, que al enunciarla se muestra inteligente, sensitivo o de criterio amplio. Puede parecemos una violación de la regla elemental de la narrativa moderna, que prefiere evitar la omnisciencia total así como el decir la historia, pero en ciertos casos es útil para atraer nuestra atención sobre la idiosincrasia del narrador y su relación con los hechos. He aquí el comienzo de Pierrot en la caverna del brasileño Rubem Fonseca:

Hay personas que no se entregan a la pasión, personas cuya apatía las lleva a elegir una vida de rutina en la que vegetan como “abacaxis en un invernadero de piñas tropicales”, como decía mi padre. En cuanto a mí, lo que me mantiene vivo es el riesgo inminente de pasión y sus coadyuvantes: amor, gozo, odio, misericordia.

Aquí el protagonista nos ofrece sus meditaciones acerca de la historia en la que de inmediato se verá envuelto. Similar es el caso de la novela de Thackeray Las aventuras de Barry Lyndon; Lyndon inicia su relato reflexionando: “Desde los días de Adán, apenas si se ha causado en este mundo algún daño que no tenga su raíz en una mujer.”

Por supuesto, se trata de una relación satírica de las aventuras que llevarán a Barry Lyndon desde sus inicios humildes pasando por un momento de gloria, hasta la madurez desposeída. En el siguiente ejemplo en cambio es el narrador omnisciente de Jane Austen en Orgullo y prejuicio quien nos confía sus ideas genéricas sobre la novela que así se inicia: “Es una verdad reconocida por todo el mundo que un hombre solitario, dueño de una gran fortuna, ha de sentir, algún día, la necesidad de casarse.” Quizá no estemos hoy dispuestos a aceptar tal razonamiento, lo que importa es que para la historia funciona y le confiere al libro su tono peculiar desde el inicio.

Los tipos de comienzo bosquejados arriba no pretenden haber agotado las posibilidades, pues bien sabido es que los escritores se recrean rompiendo las normas, y que pueden ampliar en cada nuevo texto las posibilidades de la ficción narrativa. Es posible, además encontrar combinaciones de todo tipo, que en vez de uno solo en sus inicios apelan a recursos mixtos, como este maratónico primer párrafo, una sola oración, de una novela notable, Billy Bathgate de E.L. Doctorow, en el que se combinan la ambientación, la introducción de los personajes y la acción:

Tenía que haberlo planeado, porque cuando llegamos el barco estaba allí con el motor en marcha, agitando el agua, cuya fosforescencia en el río era la única claridad, porque no había luna, ni luces en la caseta donde debería haber estado el encargado del embarcadero ni en el propio barco, ni, por supuesto, las del coche pero todo el mundo sabía dónde estaba cada cosa, y cuando el gran Packard bajó por la rampa, Mickey, el chofer, lo frenó de modo que las ruedas apenas hicieron sonar las tablas, y cuando paró junto a la plancha iba ya con las puertas abiertas y subieron Bo y la chica antes de que llegaran siquiera a ser una sombra en medio de toda aquella oscuridad.

A su manera, el buen comienzo funciona como una pequeña sinécdoque en la que el primer acto representa al todo; el inicio debe darnos la imagen concentrada de lo que vendrá. Aunque, paradójicamente, no puede decirlo todo, si así fuera, el lector no tendría ya por qué seguir la lectura. Sabias dosis de anticipación y engaño, promesa e incertidumbre se unen en los comienzos más perfectos. Cualquiera sea la estrategia, pocos estarán dispuestos a negar el rol fundamental del inicio de un relato y, por consiguiente, el adicional esfuerzo que demanda su elaboración si quiere ser eficaz. Lo cual no implica que sea imposible empezar a escribir hasta que uno no tenga ideado un comienzo perfecto. Por el contrario: muchas veces el comienzo es una de las últimas partes del texto que ocupa su lugar definitivo. En los talleres la experiencia muestra que a menudo el verdadero inicio de la versión final se encuentra recién en el tercer o cuarto párrafo del borrador.

Otras tantas veces el verdadero comienzo está en medio. Cuando empezamos a leer el texto ya han transcurrido varios hechos de la historia que se narra. A este comienzo se le llama in medias res. Como dice Irving: "Puedes saber exactamente dónde empieza tu historia; elegir dónde quieres que el lector empiece es otra cosa". Otra observación final: nuestros ejemplos han sido tomados indistintamente de cuentos o novelas. Por su brevedad y el ahorro de recursos que debe manejar el cuento, el incip demanda una especial atención.

Para concluir, cabe citar aquí un comienzo que incluso quienes no han leído la novela o la han leído en parte no olvidarán jamás: “En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.”

Fuente: Técnicas del cuento. Willard Díaz (ed.) Arequipa: Apóstrofe, 2005, pp. 53-63.