viernes, 24 de septiembre de 2010

Ambientación: producción

César Pancorvo

A las tres de la tarde, corre mucho más viento por ese pueblo que parece salido de un lugar rústico de los Apeninos. No hay nadie en la calle. De los pocos pobladores que habitan ese lugar, la mayoría duerme. Mientras, las calles están desoladas, las nubes parecen esponjas y el sol es intenso, pero no hace calor. El polvo es cargado por el medio de la pista, llevado por el viento hacia ningún lado. La mayoría de calles están en pendiente, pero eso no disminuye para nada el paso de algunas ovejas que deambulan de un lugar a otro. Siguen su marcha, buscan a alguien como si no supieran que siempre, a esa hora, el pueblo no es de nadie, salvo de las sombras que se proyectan con más fuerza por los suelos de todo el lugar. Así se siente estar atrapado, estar enrejado por varias montañas que yacen alrededor, que dejan aislada a toda esa aldea.

Claudio Villacorta


Son como gotas de lluvia que caen con mayor intensidad, cada vez más. Una ligera llovizna, un par de gotas, se convierten en miles y caen encima de las personas, empapándolas, humedeciéndolas como intensas lágrimas de un sollozo celestial, recordándoles la importancia de la compañía, el dolor de los acontecimientos pasados o el apuro angustiante que tienen por llegar a su hogar para refugiarse del clima. El piso se humedece, charcos se forman, algunas personas estornudan, otras se tratan de proteger con lo que tienen encima. La nostalgia y los sueños afloran en cada uno de ellos. Y la lluvia sigue avanzando como una infinita legión de soldados aproximándose con ímpetu sobre toda superficie terrena y sus habitantes, sin discriminar a nadie, sin privilegiar a algunos. Solo cae y refresca. Solo cae y atormenta. Pero la lluvia pasa y deja los sentimientos, de cada uno, guardados y dormidos, en espera de ser avivados en otra ocasión.

Fred Mauricio Contreras Valle


Encima del bosque, las nubes grises se reúnen poco a poco. Las gotas caen suavemente y las hojas en las capas de los árboles las reciben, dejándolas caer delicadamente; algunas hojas se desprenden y caen también mezclándose con la tierra oscura. Dentro de los troncos, las pequeñas aves se guarecen y sus nidos se desmoronan sin suerte. Un intenso rayo ilumina el cielo oscuro; desde abajo solo se ven rastros de la luz, que atraviesan las ramas y hojas. Un trueno sigue, retumba como un eco. La lluvia aumenta. Pequeños riachuelos empiezan a nacer pasando por las raíces sobresalientes para posarse como pequeños lagos, donde las hojas navegan. La lluvia continúa toda la noche.

María Fernanda Román Hernández

En una tarde, cuando el sol estaba a punto de ocultarse , un auto gris se asoma por la carretera. Una mujer estaba dentro de él. Con ojos saltones y vidriosos, apretaba fuerte el timón. Una mezcla de cólera y resignación se traslucía por los ojos de Susana. La velocidad aumentaba cada minuto, una curva frustra la trayectoria del auto, frena, todo había terminado.

Gonzalo Echegaray

El auto va por la autopista, ya está atardeciendo después de haber sido una mañana soleada; el cielo despejado y las palmeras le dan una imagen paradisiaca que contrasta con la cantidad de tiendas instaladas a lo largo de la avenida.